Dos almas gemelas,
que se unen y se separan,
pero que se atraen de forma irresistible.
Dos seres distintos,
un hombre y una mujer
que se sienten y se aman,
que se complementan
como la luna y el sol,
como el agua y la tierra,
como el aire y la vida.
Dos amantes, una sola vida,
una unión imposible de romper,
ligada con fuego,
un fuego que quema
y que al mismo tiempo reconforta.
Libertad pérdida para siempre,
sin escapatoria,
sin retorno y sin huida.
Pensamientos que fluyen en la distancia,
cuerpos que se separan,
pero que permanecen encadenados,
pues sus corazones se mantienen unidos en la lejanía.
Sueños que se tornan fáciles,
y al mismo tiempo difíciles.
Cuerpos que se emborrachan de amor
y de puros sentimientos,
que hacen grandes las cosas simples, sencillas.
Ruptura no deseada de dos personas que se aman,
que voluntariamente llenan sus vidas del veneno de la separación,
y que sufren con gran dolor.
Muerte lenta,
vida que agoniza día a día,
pues su pasión es indestructible,
impredecible, incontrolable.
Pensamientos que fluyen imposibles de controlar,
pues no hay protección posible,
ni escudo, ni burbuja,
que puedan aislarlos de su realidad.
Amantes que se alejan,
que ya no hablan físicamente de su amor,
que ya no se tocan,
pero que se sienten, se intuyen,
y sufren los mismos sentimientos por separado.
Pero que al mismo tiempo permanecen muy unidos,
encadenados,
porque este amor, imposible de romper, les viene dado,
pues ambos están condenados
a ocupar juntos un lugar en el Arco Iris.
(Manuel Rodríguez Quevedo)
Te me mueres de casta y de sencilla/estoy convicto, amor, estoy confeso/ de que, raptor intrépido de un beso,/ yo te libé la flor de la mejilla.
ResponderEliminarMiguel Hernández
Fantástico poema, Manolo. Fantástico.